Querido amigo:
Hace mucho tiempo que no escribo, pero no vayas a pensar que te he
olvidado. Te echo tanto de menos y jamás me atrevería a olvidarte.
Me siento tan sola desde que te fuiste... No tengo con quien hablar,
con quien jugar, salir o ir al cine. Sé que no encontraré a nadie como
tu, que me comprenda, que me quiera y que me cuide como tu.
Desde que te fuiste a esas tierras tan lejanas siento que la vida se me
va tan rápidamente como vino. Un día estábamos tan bien juntos y al día
siguiente sin siquiera despedirte, te fuiste.
El estar tan lejos de ti me causa tal dolor que ya no me apetece disfrutar de la vida. No puedo volver a sonreír sin ti.
Quisiera recordarte como un sueño hermoso, como alguien a quien amé y nunca me abandonó.
Quisiera volver a estar contigo en un lugar hermoso, aquel lugar con el
que soñábamos cuando éramos niños, aquel lugar al que dijiste que me
llevarías cuando me dijiste que me querías y que nunca me dejarías.
Mentiste. Me dejaste abandonada y yo te amaba tanto... Cuando te fuiste
el lugar con el que soñábamos se esfumo y jamás volvió a mi.
A veces me pregunto si debo seguir queriéndote u olvidarte. Suelo
pensar que tengo que olvidarte, que quizá allí ya hayas encontrado a
alguien y a mi me hayas olvidado. Otras veces pienso que todavía me
quieres tanto como yo a ti, que no me has olvidado y que algún día
regresarás a por mi desde aquel lugar al que te fuiste para llevarme
contigo y no separarnos jamás.
Sé que algún día volveremos a encontrarnos y será maravilloso. Seguro que esa vez no volveremos a separarnos.
Si tu supieras... Me siento tan mal cuando no estoy en tus brazos... Desearía volver a estar en ellos y no dejar de besarte...
Te amo y no te lo puedo decir. Quiero besarte y no puedo ni tan siquiera soñar con rozar tus labios.
Me despido amándote cada día un poco más y esperando que pronto pueda
volver a estar en tus brazos y pueda volver a besar tus dulces labios de
nuevo.
Hasta pronto, vida mía. Eternamente tuya.
Elaine.
martes, 23 de junio de 2015
La promesa de un padre
Soy se un mundo diferente. No nací para ser caballera. Mi destino era bien diferente en el lugar en el que yo nací.
Soy el ayudante de cámara del rey Balduino IV, pero no me siento todo lo afortunada que debería y soy infeliz, puesto que mi señor está enfermo de lepra y pronto podría yo estar enferma y ser enviada a una leprosería.
Quizá deba presentarme y contar mi historia desde el principio. Pues bien, mi nombre es Gabriela y es el año 1177 de Nuestro Señor Jesucristo.
Todo empezó en la Segunda Cruzada, cuando mi padre se dirigió a Jerusalén, en Tierra Santa, para luchar contra los ejércitos de demonios que allí se encontraban.
Cuando la guerra terminó, mi padre se quedó en Jerusalén para hacer dinero y poder llevarnos a nosotros, a su mujer y a sus 13 hijos e hijas, allí y tener una vida mejor todos juntos.
Pero no todo fue tan fácil como él había pensado y, un día, encontraron a mi padre robando una barra de pan para poder comer. Como supondréis, no se hizo rico.
Aquel día, llevaron a mi padre ante el rey. Balduino es un rey bueno y justo. Por eso, no cortó la mano ni mató a mi padre, sino que lo devolvió sano y salvo a casa, habiéndole hecho prometer que enviaría a su primer hijo para convertirlo en su más leal caballero. Para ello, mi padre tendría que enseñarle a luchar y a ser obediente con sus superiores.
En aquellos días, el mayor de mis hermanos no contaba con más de 5 años de vida. Entonces, decidió que la persona que debía sacrificarse por el bien de nuestra familia era yo, ya que era la mayor de sus 13 hijos.
Yo tan solo tenía 14 años y ese día supe que no me casaría, que no tendría hijos y que no sería feliz al igual que mis hermanas y la mayoría de las chicas de mi edad sí lo serían.
Aprendí a manejar el arco y la espada con dificultad, pero al fin lo conseguí. Cuando llegó el día de mi partida nadie vino a despedirse de mi y ya fui infeliz desde ese mismo instante. Ya nada podría hacerme sonreír nunca más.
Llegué a Jerusalén con el resto de soldados que al igual que yo eran demasiado jóvenes para comprender porque tanta muerte y desolación para recuperar aquello que nunca nos perteneció por derecho y que jamás nos pertenecería.
Poco tiempo después de llegar, el rey se presentó en el campamento buscando aquello que era suyo por derecho. Me buscaba a mí y allí me encontró.
A pesar de haber intentado esconder mi condición de mujer, yo estaba presa en aquel tiempo. Pero ya no tenía de que preocuparme. El rey había llegado para llevarme consigo y cumplir mi destino, el destino que mi padre había decidido para la mayor de sus hijos.
Mi padre había cumplido su promesa. El rey no había dicho nada sobre el sexo del caballero. Era es una época en la que los caballeros eran hombres y se suponía que yo también debía serlo. Por eso, mi padre supuso que el hijo que él debía adiestrar era un hombre, pero al no tener un hijo varón mayor no tuvo más remedio que enviarme a mi a lo que él pensaba que era una muerte segura.
Recuerdo que me llevé una desilusión enorme al ver al rey con aquella máscara cubriéndole el rostro y, sólo entonces, recordé lo que había dicho mi padre: que el rey era joven, sólo contaba con 16 años, pero que esta enfermo de lepra y que por ello debía esconder su desfigurado rostro detrás de una máscara de metal. Nadie sabía como era y los que lo sabían eran sólo unos pocos enfermos y ancianos.
Fui con él hasta palacio, donde fui proclamada caballera y ayudante de cámara del enfermo rey. Desde ese día, cuido al rey, como si fuera uno de mis hermanos pequeños, pero aún así no soy todo lo feliz que debería ser.
Hace tiempo que estoy aquí y he visto muchas crueldades. Ahora, el rey está más enfermo que nunca y no se cuanto tiempo más podrá sobrevivir.
Cuando él ya no este aquí tengo pensado ir a un monasterio de caballeros templarios para ver si necesitan de mi ayuda y quedarme allí un tiempo antes de regresar a casa, al lugar al que yo he pertenecido siempre.
Soy el ayudante de cámara del rey Balduino IV, pero no me siento todo lo afortunada que debería y soy infeliz, puesto que mi señor está enfermo de lepra y pronto podría yo estar enferma y ser enviada a una leprosería.
Quizá deba presentarme y contar mi historia desde el principio. Pues bien, mi nombre es Gabriela y es el año 1177 de Nuestro Señor Jesucristo.
Todo empezó en la Segunda Cruzada, cuando mi padre se dirigió a Jerusalén, en Tierra Santa, para luchar contra los ejércitos de demonios que allí se encontraban.
Cuando la guerra terminó, mi padre se quedó en Jerusalén para hacer dinero y poder llevarnos a nosotros, a su mujer y a sus 13 hijos e hijas, allí y tener una vida mejor todos juntos.
Pero no todo fue tan fácil como él había pensado y, un día, encontraron a mi padre robando una barra de pan para poder comer. Como supondréis, no se hizo rico.
Aquel día, llevaron a mi padre ante el rey. Balduino es un rey bueno y justo. Por eso, no cortó la mano ni mató a mi padre, sino que lo devolvió sano y salvo a casa, habiéndole hecho prometer que enviaría a su primer hijo para convertirlo en su más leal caballero. Para ello, mi padre tendría que enseñarle a luchar y a ser obediente con sus superiores.
En aquellos días, el mayor de mis hermanos no contaba con más de 5 años de vida. Entonces, decidió que la persona que debía sacrificarse por el bien de nuestra familia era yo, ya que era la mayor de sus 13 hijos.
Yo tan solo tenía 14 años y ese día supe que no me casaría, que no tendría hijos y que no sería feliz al igual que mis hermanas y la mayoría de las chicas de mi edad sí lo serían.
Aprendí a manejar el arco y la espada con dificultad, pero al fin lo conseguí. Cuando llegó el día de mi partida nadie vino a despedirse de mi y ya fui infeliz desde ese mismo instante. Ya nada podría hacerme sonreír nunca más.
Llegué a Jerusalén con el resto de soldados que al igual que yo eran demasiado jóvenes para comprender porque tanta muerte y desolación para recuperar aquello que nunca nos perteneció por derecho y que jamás nos pertenecería.
Poco tiempo después de llegar, el rey se presentó en el campamento buscando aquello que era suyo por derecho. Me buscaba a mí y allí me encontró.
A pesar de haber intentado esconder mi condición de mujer, yo estaba presa en aquel tiempo. Pero ya no tenía de que preocuparme. El rey había llegado para llevarme consigo y cumplir mi destino, el destino que mi padre había decidido para la mayor de sus hijos.
Mi padre había cumplido su promesa. El rey no había dicho nada sobre el sexo del caballero. Era es una época en la que los caballeros eran hombres y se suponía que yo también debía serlo. Por eso, mi padre supuso que el hijo que él debía adiestrar era un hombre, pero al no tener un hijo varón mayor no tuvo más remedio que enviarme a mi a lo que él pensaba que era una muerte segura.
Recuerdo que me llevé una desilusión enorme al ver al rey con aquella máscara cubriéndole el rostro y, sólo entonces, recordé lo que había dicho mi padre: que el rey era joven, sólo contaba con 16 años, pero que esta enfermo de lepra y que por ello debía esconder su desfigurado rostro detrás de una máscara de metal. Nadie sabía como era y los que lo sabían eran sólo unos pocos enfermos y ancianos.
Fui con él hasta palacio, donde fui proclamada caballera y ayudante de cámara del enfermo rey. Desde ese día, cuido al rey, como si fuera uno de mis hermanos pequeños, pero aún así no soy todo lo feliz que debería ser.
Hace tiempo que estoy aquí y he visto muchas crueldades. Ahora, el rey está más enfermo que nunca y no se cuanto tiempo más podrá sobrevivir.
Cuando él ya no este aquí tengo pensado ir a un monasterio de caballeros templarios para ver si necesitan de mi ayuda y quedarme allí un tiempo antes de regresar a casa, al lugar al que yo he pertenecido siempre.
No hace mucho tiempo
Encontré el amor,
Un amor no correspondido
Pero alguna vez tuve
La esperanza de que sí
De que él me quería
Luego me di cuenta
De que toda esperanza
Era falsa,
De que él no era para mí,
Ni yo para él
Y cuanto le quise
Aunque tan solo era una muchacha más
Olvidada de la gente
Olvidada del amor
Que siempre estuvo esperando
La muchacha que un día
Jugando con sus muñecas
Soñó que la quería
La muchacha que un día
Soñó con un príncipe
Que la salvaba de dragones,
Ogros, trasgos y todos los malvados
De los cuentos
Con él, este sueño
Se esfumó
Y jamás volvió a mi
Quise recuperarlo
Cientos de veces
Pero él no quiso
Volver junto a esta muchacha.
Sueños que se fueron
Y sueños que vinieron.
Pero son sólo sueños
Que se esfuman
Cuando suena el despertador.
Encontré el amor,
Un amor no correspondido
Pero alguna vez tuve
La esperanza de que sí
De que él me quería
Luego me di cuenta
De que toda esperanza
Era falsa,
De que él no era para mí,
Ni yo para él
Y cuanto le quise
Aunque tan solo era una muchacha más
Olvidada de la gente
Olvidada del amor
Que siempre estuvo esperando
La muchacha que un día
Jugando con sus muñecas
Soñó que la quería
La muchacha que un día
Soñó con un príncipe
Que la salvaba de dragones,
Ogros, trasgos y todos los malvados
De los cuentos
Con él, este sueño
Se esfumó
Y jamás volvió a mi
Quise recuperarlo
Cientos de veces
Pero él no quiso
Volver junto a esta muchacha.
Sueños que se fueron
Y sueños que vinieron.
Pero son sólo sueños
Que se esfuman
Cuando suena el despertador.
Cuando te conocí
Mi corazón se lleno
De alegría
Esos días que contigo pasé
Fueron mi felicidad
Y la despedida mi funeral
Contigo vivo
Y sin ti muero
Eres un ángel
Que escapó del cielo
Para quererme
Y no dejarme
Yo, en cambio,
Te olvidé
Y te dejé de lado
Sin darme cuenta
Y sin saber
Que te quería
Como nunca había querido
A nadie aún
Fuiste mi primer amor,
El primer chico al que amé
Hubo muchos antes que tú
Pero ninguno como tú
Tú me hiciste sentir mujer,
Tú con tu sonrisa
Me hiciste tan feliz
Fue poco tiempo
El que juntos estuvimos
Pero el suficiente para saber
Que te quería con toda mi alma
Y que nunca dejaría de hacerlo
A pesar de la distancia
Soñé que estábamos juntos
De nuevo
Y que nos amábamos
Con todo nuestro ser
Pero tan solo fue el sueño
De una niña hoy
De una mujer mañana
De una niña que hoy
Juega
De una mujer que mañana
Siente
Mi corazón se lleno
De alegría
Esos días que contigo pasé
Fueron mi felicidad
Y la despedida mi funeral
Contigo vivo
Y sin ti muero
Eres un ángel
Que escapó del cielo
Para quererme
Y no dejarme
Yo, en cambio,
Te olvidé
Y te dejé de lado
Sin darme cuenta
Y sin saber
Que te quería
Como nunca había querido
A nadie aún
Fuiste mi primer amor,
El primer chico al que amé
Hubo muchos antes que tú
Pero ninguno como tú
Tú me hiciste sentir mujer,
Tú con tu sonrisa
Me hiciste tan feliz
Fue poco tiempo
El que juntos estuvimos
Pero el suficiente para saber
Que te quería con toda mi alma
Y que nunca dejaría de hacerlo
A pesar de la distancia
Soñé que estábamos juntos
De nuevo
Y que nos amábamos
Con todo nuestro ser
Pero tan solo fue el sueño
De una niña hoy
De una mujer mañana
De una niña que hoy
Juega
De una mujer que mañana
Siente
lunes, 22 de junio de 2015
El hijo de la bruja, parte 2
Mi padre murió en la guerra cuando yo era muy
niña y mi madre y yo tuvimos que sobrevivir como pudimos hasta que
encontramos un lugar donde las brujas vivián en armonía, un lugar un
poco destartalado y sucio pero en el que nos acogieron y nos trataron
mejor que en cualquier otro sitio en el que habíamops estado antes y,
sobre todo, con mucho amor, por primera vez desde que mi padre había
partido hacia la guerra en la que había encontrado su tan buscada,
ansiada y esperada nuerte.
Aprendí todo lo que pude aprender sobre brujería (a leer, a escribir, a cocinar, a preparar ungüentos y medicinas, a distinguir todos los síntomas de cada enfermedad y a esconder las plantas que pueden curar de las que te matan en un breve espacio de tiempo), como mi madre quiso y mi padre hubiera querido, si hubiera vivido, y he de decir que me ha servido de mucho y muchas veces me ha salvado de una muerte casi segura.
Algunos años pasaron de largo casi sin darme cuenta. Mi madre murió de una enfermedad extraña que mis hermanas y amigas no pudieron o no supieron curar.
Una noche de tormenta, apareció un hombre, un poco extraño, que no era mucho mayor que yo y que volvía de la guerra. Tenía una fea cicatriz que cruzaba su mejilla y una espesa barba oscura y mojada. Llevaba un sombrero con la intención de esconder su cara y su cicatriz que en ella se hallaba. Me asomé a la ventana y vi un caballo negro, que más tarde supe que se llamaba Relámpago. Era el caballo del mejor espadachín, mejor arquero y del mejor guerrero que jamás conocí y conocería. Iba vestido bastante mal y pensé que sería por los años de la guerra y el viaje, pero cuando se arreglo era bien distinto y hasta me pareció bastante guapo. También pensé que podía ser un malhechor que escapaba de la ley pero resulto ser el hijo de una de las brujas, el hijo de la bruja que se encargo de mí cuando mi querida madre murió años atrás. Ella nos presentó y nos dijo:
- Éste es mi hijo Johan, a partir de este momento es tu hermano. Fue a la guerra y pensé que había muerto pero aquí está, ha vuelto con esa fea cicatriz en la cara.
- Madre, ¿ésta muchacha es ni hermana? – preguntó él.
- No, no es tu hermana exactamente. Es la hija de una bruja que murió hace varios años. Quedó huérfana y desamparada y, por eso, yo me encargué de ella como si fuera hija mía. Y eso es lo que la convierte en tu hermana pequeña. Sé que os llevaréis bien y sé, Johan, que tú cuidarás de ella cuando yo ya no esté en este mundo que nos rodea y que tanto amo.
- ¿Tenías un hijo? – pregunté atónita.
- Sí, pero no te lo conté porque hay pocas brujas y como eras todavía una niña pensé que lo ibas a gritar a los vientos. Entonces, me echarían de aquí y no tendría donde ir. Aquí no se admiten brujas con hijos.
- ¿Y por qué con hijas sí?
- Porque ellas algún día se convertirán en mujeres y podrán continuar el camino que su madre o el destino eligió para a ellas. El camino de ser una buena bruja como lo fueron sus madres antes que ella.
- ¿Y por qué los hombres no podemos seguir ese camino? Podemos aprender todo sobre la brujería y ser igual de poderosos que vosotras.
- Porque el destino de un hombre no es convertirse en brujo, aunque pueda ser tan poderoso como nosotras. Puede que más. Pero no es su destino.
- Pero los brujos de nuestros antepasados eran hombres, no mujeres.
- Y ellos tampoco eran torturados y asesinados en la horca o en la hoguera. Esta conversación se acabó para siempre, mi querido hijo. Y no me lo discutas. Sabes que tengo razón.
Aprendí todo lo que pude aprender sobre brujería (a leer, a escribir, a cocinar, a preparar ungüentos y medicinas, a distinguir todos los síntomas de cada enfermedad y a esconder las plantas que pueden curar de las que te matan en un breve espacio de tiempo), como mi madre quiso y mi padre hubiera querido, si hubiera vivido, y he de decir que me ha servido de mucho y muchas veces me ha salvado de una muerte casi segura.
Algunos años pasaron de largo casi sin darme cuenta. Mi madre murió de una enfermedad extraña que mis hermanas y amigas no pudieron o no supieron curar.
Una noche de tormenta, apareció un hombre, un poco extraño, que no era mucho mayor que yo y que volvía de la guerra. Tenía una fea cicatriz que cruzaba su mejilla y una espesa barba oscura y mojada. Llevaba un sombrero con la intención de esconder su cara y su cicatriz que en ella se hallaba. Me asomé a la ventana y vi un caballo negro, que más tarde supe que se llamaba Relámpago. Era el caballo del mejor espadachín, mejor arquero y del mejor guerrero que jamás conocí y conocería. Iba vestido bastante mal y pensé que sería por los años de la guerra y el viaje, pero cuando se arreglo era bien distinto y hasta me pareció bastante guapo. También pensé que podía ser un malhechor que escapaba de la ley pero resulto ser el hijo de una de las brujas, el hijo de la bruja que se encargo de mí cuando mi querida madre murió años atrás. Ella nos presentó y nos dijo:
- Éste es mi hijo Johan, a partir de este momento es tu hermano. Fue a la guerra y pensé que había muerto pero aquí está, ha vuelto con esa fea cicatriz en la cara.
- Madre, ¿ésta muchacha es ni hermana? – preguntó él.
- No, no es tu hermana exactamente. Es la hija de una bruja que murió hace varios años. Quedó huérfana y desamparada y, por eso, yo me encargué de ella como si fuera hija mía. Y eso es lo que la convierte en tu hermana pequeña. Sé que os llevaréis bien y sé, Johan, que tú cuidarás de ella cuando yo ya no esté en este mundo que nos rodea y que tanto amo.
- ¿Tenías un hijo? – pregunté atónita.
- Sí, pero no te lo conté porque hay pocas brujas y como eras todavía una niña pensé que lo ibas a gritar a los vientos. Entonces, me echarían de aquí y no tendría donde ir. Aquí no se admiten brujas con hijos.
- ¿Y por qué con hijas sí?
- Porque ellas algún día se convertirán en mujeres y podrán continuar el camino que su madre o el destino eligió para a ellas. El camino de ser una buena bruja como lo fueron sus madres antes que ella.
- ¿Y por qué los hombres no podemos seguir ese camino? Podemos aprender todo sobre la brujería y ser igual de poderosos que vosotras.
- Porque el destino de un hombre no es convertirse en brujo, aunque pueda ser tan poderoso como nosotras. Puede que más. Pero no es su destino.
- Pero los brujos de nuestros antepasados eran hombres, no mujeres.
- Y ellos tampoco eran torturados y asesinados en la horca o en la hoguera. Esta conversación se acabó para siempre, mi querido hijo. Y no me lo discutas. Sabes que tengo razón.
El hijo de la bruja, parte 1
Las brujas siempre hemos sido incomprendidas,
maltratadas, torturadas y asesinadas por tratar de encontrar remedios
para enfermedades que podían matar o dejar inútil a alguien para el
resto de su vida sin sernos agradecido por nadie en ninguna parte y eso,
de veras, entristece nuestro corazón sin que nadie lo sepa. Vivíamos
entre la gente plebeya, gente que no tenía ningún poder. Éramos pobres
como la mayoría del pueblo. Muchas veces teníamos que huir a otros
pueblos, o al mismo bosque, donde encontrábamos plantas para nuestros
ungüentos, pociones y medicinas. Otras eran capturada y colgadas en la
horca, quemadas en la hoguera o morían mientras eran torturadas en esos
horribles aparatos que servían al diablo.
Siempre soñé con ser bruja, pero nunca entendí la razón por la que el hombre puede ser tan cruel con sus semejantes. Nosotras siempre hemos intentado ayudar, hemos intentado evitar el dolor que produce la muerte de un ser querido, pero nadie parece darse cuenta, y todo gracias a la Santa Iglesia, que creó la Santa Inquisición para destruirnos. Tratamos de curar esas enfermedades que pueden matar y curar las heridas de la guerra, que también pueden matar, aún no pareciendo muy graves. Estas heridas también cicatrizan mejor con nuestros y nuestros brebajes calman el dolor.
Muchas de nosotras ya han muerto, otras están en la cárcel y las que hemos sobrevivido no escondemos en los lugares más insospechados.
Cuando todo esto empezó a ocurrir yo tan solo era una niña que era demasiado pequeña como para comprender lo que estaba ocurriendo, una niña indefensa que ignoraba cual era su destino y el porque de ese destino que Dios tenía guardado y que, por el momento, estaba escondido para ella. Pero un día, aunque sólo fuera por un breve instante, soñó y creyó que seguiría los pasos de su padre, que era un gran hombre aunque toda su vida había sido un don nadie que no tenía ni donde caerse muerto.
Pero no fue así. Por el contrario, seguí los pasos de su madre, convirtiéndome así en una gran bruja y hechicera, sin saber que algún día sería perseguida por la Santa Inquisición y por casi todos sus fieles seguidores.
No sabía porque la llamaban la Santa Inquisición si había matado, seguía matando y seguiría matando a tanta gente inocente durante tantos siglos. Los Hombres Santos mataban a pobre mujeres por el mero hecho de saber un poco más que ellos sobre cosas que no podían explicar mediante su Dios. No lo podían permitir como tampoco podía permitir que el saber se extendiera entre las mujeres, que para ellos tan pecadoras eran y lo seguirían siendo siempre.
Desde que era joven, muy joven, soñé con que esta institución desapareciera, pero que yo recuerde lo hizo demasiado tarde para poder salvar a mis amigas, hermanas y a la gente que yo más quería. Entra la Cruzadas, la Inquisición y otras muchas absurdas excusas la Iglesia había hecho matar a muchas almas inocentes, tan inocentes como la de un niño que no sabe nada de este cruel mundo en el que ha de crecer y sobrevivir.
En aquellos tiempos, en que la crueldad del hombre estaba ya tan extendida, yo tenía el cabello tan rubio como el trigo que recogían los campesino en verano y los ojos tan azules como el cielo despejado de la primavera. Era de escasa estatura y muy delgada. Tenía una gran sonrisa y cuando sonreía unos bonitos hoyuelos aparecían en mis mejillas. Me encantaba lo que estaba aprendiendo y amaba tanto aquel bosque como a los seres que lo habitaban. No conocía a todas las especies que allí vivían, pero sin saberlo y sin quererlo ya las amaba casi tanto como a mi propia vida. Nadie lo comprendía muy bien. Creo que ni yo misma lo he comprendido nunca.
Siempre soñé con ser bruja, pero nunca entendí la razón por la que el hombre puede ser tan cruel con sus semejantes. Nosotras siempre hemos intentado ayudar, hemos intentado evitar el dolor que produce la muerte de un ser querido, pero nadie parece darse cuenta, y todo gracias a la Santa Iglesia, que creó la Santa Inquisición para destruirnos. Tratamos de curar esas enfermedades que pueden matar y curar las heridas de la guerra, que también pueden matar, aún no pareciendo muy graves. Estas heridas también cicatrizan mejor con nuestros y nuestros brebajes calman el dolor.
Muchas de nosotras ya han muerto, otras están en la cárcel y las que hemos sobrevivido no escondemos en los lugares más insospechados.
Cuando todo esto empezó a ocurrir yo tan solo era una niña que era demasiado pequeña como para comprender lo que estaba ocurriendo, una niña indefensa que ignoraba cual era su destino y el porque de ese destino que Dios tenía guardado y que, por el momento, estaba escondido para ella. Pero un día, aunque sólo fuera por un breve instante, soñó y creyó que seguiría los pasos de su padre, que era un gran hombre aunque toda su vida había sido un don nadie que no tenía ni donde caerse muerto.
Pero no fue así. Por el contrario, seguí los pasos de su madre, convirtiéndome así en una gran bruja y hechicera, sin saber que algún día sería perseguida por la Santa Inquisición y por casi todos sus fieles seguidores.
No sabía porque la llamaban la Santa Inquisición si había matado, seguía matando y seguiría matando a tanta gente inocente durante tantos siglos. Los Hombres Santos mataban a pobre mujeres por el mero hecho de saber un poco más que ellos sobre cosas que no podían explicar mediante su Dios. No lo podían permitir como tampoco podía permitir que el saber se extendiera entre las mujeres, que para ellos tan pecadoras eran y lo seguirían siendo siempre.
Desde que era joven, muy joven, soñé con que esta institución desapareciera, pero que yo recuerde lo hizo demasiado tarde para poder salvar a mis amigas, hermanas y a la gente que yo más quería. Entra la Cruzadas, la Inquisición y otras muchas absurdas excusas la Iglesia había hecho matar a muchas almas inocentes, tan inocentes como la de un niño que no sabe nada de este cruel mundo en el que ha de crecer y sobrevivir.
En aquellos tiempos, en que la crueldad del hombre estaba ya tan extendida, yo tenía el cabello tan rubio como el trigo que recogían los campesino en verano y los ojos tan azules como el cielo despejado de la primavera. Era de escasa estatura y muy delgada. Tenía una gran sonrisa y cuando sonreía unos bonitos hoyuelos aparecían en mis mejillas. Me encantaba lo que estaba aprendiendo y amaba tanto aquel bosque como a los seres que lo habitaban. No conocía a todas las especies que allí vivían, pero sin saberlo y sin quererlo ya las amaba casi tanto como a mi propia vida. Nadie lo comprendía muy bien. Creo que ni yo misma lo he comprendido nunca.
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