martes, 23 de junio de 2015

La promesa de un padre

Soy se un mundo diferente. No nací para ser caballera. Mi destino era bien diferente en el lugar en el que yo nací.

Soy el ayudante de cámara del rey Balduino IV, pero no me siento todo lo afortunada que debería y soy infeliz, puesto que mi señor está enfermo de lepra y pronto podría yo estar enferma y ser enviada a una leprosería.

Quizá deba presentarme y contar mi historia desde el principio. Pues bien, mi nombre es Gabriela y es el año 1177 de Nuestro Señor Jesucristo.

Todo empezó en la Segunda Cruzada, cuando mi padre se dirigió a Jerusalén, en Tierra Santa, para luchar contra los ejércitos de demonios que allí se encontraban.

Cuando la guerra terminó, mi padre se quedó en Jerusalén para hacer dinero y poder llevarnos a nosotros, a su mujer y a sus 13 hijos e hijas, allí y tener una vida mejor todos juntos.

Pero no todo fue tan fácil como él había pensado y, un día, encontraron a mi padre robando una barra de pan para poder comer. Como supondréis, no se hizo rico.

Aquel día, llevaron a mi padre ante el rey. Balduino es un rey bueno y justo. Por eso, no cortó la mano ni mató a mi padre, sino que lo devolvió sano y salvo a casa, habiéndole hecho prometer que enviaría a su primer hijo para convertirlo en su más leal caballero. Para ello, mi padre tendría que enseñarle a luchar y a ser obediente con sus superiores.

En aquellos días, el mayor de mis hermanos no contaba con más de 5 años de vida. Entonces, decidió que la persona que debía sacrificarse por el bien de nuestra familia era yo, ya que era la mayor de sus 13 hijos.

Yo tan solo tenía 14 años y ese día supe que no me casaría, que no tendría hijos y que no sería feliz al igual que mis hermanas y la mayoría de las chicas de mi edad sí lo serían.

Aprendí a manejar el arco y la espada con dificultad, pero al fin lo conseguí. Cuando llegó el día de mi partida nadie vino a despedirse de mi y ya fui infeliz desde ese mismo instante. Ya nada podría hacerme sonreír nunca más.

Llegué a Jerusalén con el resto de soldados que al igual que yo eran demasiado jóvenes para comprender porque tanta muerte y desolación para recuperar aquello que nunca nos perteneció por derecho y que jamás nos pertenecería.

Poco tiempo después de llegar, el rey se presentó en el campamento buscando aquello que era suyo por derecho. Me buscaba a mí y allí me encontró.

A pesar de haber intentado esconder mi condición de mujer, yo estaba presa en aquel tiempo. Pero ya no tenía de que preocuparme. El rey había llegado para llevarme consigo y cumplir mi destino, el destino que mi padre había decidido para la mayor de sus hijos.

Mi padre había cumplido su promesa. El rey no había dicho nada sobre el sexo del caballero. Era es una época en la que los caballeros eran hombres y se suponía que yo también debía serlo. Por eso, mi padre supuso que el hijo que él debía adiestrar era un hombre, pero al no tener un hijo varón mayor no tuvo más remedio que enviarme a mi a lo que él pensaba que era una muerte segura.

Recuerdo que me llevé una desilusión enorme al ver al rey con aquella máscara cubriéndole el rostro y, sólo entonces, recordé lo que había dicho mi padre: que el rey era joven, sólo contaba con 16 años, pero que esta enfermo de lepra y que por ello debía esconder su desfigurado rostro detrás de una máscara de metal. Nadie sabía como era y los que lo sabían eran sólo unos pocos enfermos y ancianos.

Fui con él hasta palacio, donde fui proclamada caballera y ayudante de cámara del enfermo rey. Desde ese día, cuido al rey, como si fuera uno de mis hermanos pequeños, pero aún así no soy todo lo feliz que debería ser.

Hace tiempo que estoy aquí y he visto muchas crueldades. Ahora, el rey está más enfermo que nunca y no se cuanto tiempo más podrá sobrevivir.

Cuando él ya no este aquí tengo pensado ir a un monasterio de caballeros templarios para ver si necesitan de mi ayuda y quedarme allí un tiempo antes de regresar a casa, al lugar al que yo he pertenecido siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario